Mujeres en el Olvido es un espacio para recuperar las voces de mujeres silenciadas por la historia. Científicas, artistas, pensadoras e inventoras que marcaron el mundo y no recibieron el reconocimiento que merecían. Reivindicamos su legado con mirada feminista.
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martes, 25 de noviembre de 2025

noviembre 25, 2025 Posted by Mathias Rodriguez No comments Posted in , , , ,

Durante siglos, la imagen del filósofo se ha repetido casi sin cambios: un hombre solitario, apartado del mundo, dedicado exclusivamente a pensar. En apariencia, una mente libre, autosuficiente y sin distracciones. Pero ¿qué pasa si esa imagen no solo es falsa… sino que directamente limita lo que entendemos como “pensar filosófico”?

La filósofa británica Mary Midgley abrió esta grieta incómoda en los años 50. Lo hizo con una simple pregunta que, en su momento, fue desacreditada por “meter asuntos domésticos” en la vida intelectual. Sin embargo, su planteo hoy es central para la filosofía feminista:

¿Cómo influyó la forma de vida —masculina, privilegiada y solitaria— en el tipo de filosofía que construyeron los grandes pensadores?

Y todavía más provocador:

¿Por qué casi todos eran hombres… y por qué casi todos eligieron o pudieron elegir la soltería?

¿Por qué la mayoría de los filósofos fueron hombres y solteros?

La vida que vivimos moldea lo que pensamos

Midgley insistía en algo tan obvio como revolucionario:

La forma en que vivimos influye en cómo pensamos y en los problemas que nos planteamos.

La filosofía tradicional, en su afán de ser “objetiva”, solía ignorar este hecho. Pero para Midgley, el conocimiento humano es situado: nace de experiencias concretas, relaciones reales, contextos sociales y responsabilidades cotidianas.

No existe una mente pura y aislada. Solo existen personas.

Y la mayoría de los filósofos clásicos vivieron en condiciones muy lejos de ser “universales”.

La metáfora de la fontanería: la filosofía como mantenimiento vital

Midgley comparaba la filosofía con la fontanería:

“La filosofía se entiende mejor si se la considera una forma de fontanería: cuidar la infraestructura profunda de nuestra vida.”

Esa “infraestructura” incluye valores, suposiciones, hábitos, relaciones, miedos y deseos. Todo lo que nos sostiene sin que lo notemos.

Pero si quienes realizan esa tarea provienen casi exclusivamente de un mismo tipo de vida —hombres sin hijos, sin cargas domésticas, sin cuidados diarios—, entonces la “fontanería” quedará inevitablemente incompleta.

Los privilegios que permitieron filosofar

Midgley fue directa:

Los grandes filósofos que vivían solos podían hacerlo solo porque tenían ciertos privilegios.

Y el privilegio más obvio: ser hombres.

No tenían responsabilidades de crianza, ni trabajo doméstico, ni cuidado de mayores. Su día era suyo.

Mientras tanto, las mujeres —aunque tuvieran talento, formación o interés filosófico— estaban históricamente confinadas al trabajo reproductivo: cocinar, limpiar, amamantar, educar, sostener emocionalmente a la familia. Su tiempo libre era un lujo improbable.

Por eso, para Midgley, no era casual que la mayoría de los filósofos más influyentes fueran:

Solteros

Platón

Plotino

Bacon

Descartes

Spinoza

Leibniz

Hobbes

Locke

Berkeley

Hume

Kant

Casados

Sócrates

Aristóteles

Hegel

La lista habla sola.

Una filosofía sin contacto con la vida real

Midgley sugería que la soltería —y la ausencia de vínculos familiares cercanos— influyó directamente en el carácter de su pensamiento:

Más abstracto

Más teórico

Más alejado de los cuidados, las emociones y la interdependencia

Más desconectado de la experiencia cotidiana

Muchos vivían como adolescentes eternos: sin responsabilidades afectivas ni domésticas. La soledad les permitía “concentrarse”, pero el precio fue una filosofía incompleta, poco sensible a la experiencia humana plena.

Cómo cambiaría la filosofía si hubiera estado atravesada por la maternidad, la crianza y el cuidado

En un fragmento poderoso de Rings & Books, Midgley especula:

¿Habrían pensado lo mismo si hubieran estado rodeados de embarazos, lactancias, manos pequeñas tirando de su ropa, o la experiencia física de la conexión entre cuerpos que se necesitan mutuamente?

Posiblemente no.

La filosofía —si hubiese integrado estas experiencias— habría sido más encarnada, más relacional, más consciente de la interdependencia humana y menos obsesionada con el individuo autosuficiente.

Las relaciones son fuentes de pensamiento, no obstáculos

Midgley defendía que nuestras relaciones —todas: amistades, parejas, maternidades, vínculos comunitarios— nos ayudan a pensar el mundo.

No nos distraen: nos forman.

Pensar desde el cuidado, desde el roce cotidiano con otros cuerpos y otras necesidades, genera una sensibilidad filosófica que durante siglos fue ignorada porque quienes tenían voz… no vivían así.

La filosofía no es un lujo: es una necesidad humana básica

Para Midgley, la filosofía debía ser útil para la vida real: una herramienta para entendernos, cuestionar lo que damos por hecho y explorar la complejidad humana.

Y eso solo puede hacerse bien cuando pensamos desde donde realmente vivimos, no desde torres de marfil hechas de privilegio.

Un debate feminista que sigue vigente

Hoy, su análisis es imprescindible. Nos obliga a preguntarnos:

¿Quién ha podido “pensar” a lo largo de la historia… y quién no?

¿Qué experiencias han quedado fuera de la teoría filosófica?

¿Cuánto del canon está sesgado por vidas masculinas, solitarias y desconectadas del trabajo del cuidado?

¿Cómo cambia la filosofía cuando integra experiencias femeninas y comunitarias?

Midgley abrió una puerta que todavía estamos atravesando.

Y tú, ¿qué piensas?

¿Estás de acuerdo con Mary Midgley?

¿Crees que la vida cotidiana, las responsabilidades y los vínculos afectan nuestra forma de razonar y filosofar?

Déjanos tus comentarios. Queremos leerte.

miércoles, 9 de julio de 2025

julio 09, 2025 Posted by Mathias Rodriguez No comments Posted in , , , , , , ,

 En una época en la que el conocimiento tenía nombre de varón y las mujeres quedaban confinadas a la sombra del hogar, una mente brillante rompió con todas las reglas. No necesitó una universidad, ni un título, ni permiso de nadie. Solo necesitó su cerebro, su pasión... y su rebeldía.

Émilie du Châtelet nació en 1706 en Francia, en una familia noble que le permitió tener algo que a pocas niñas se les concedía: educación. Pero lo que hizo con ese privilegio fue lo verdaderamente extraordinario.

Si te gustó este post, te invitamos a leer la historia de Mileva Marić, la brillante mente silenciada detrás de Einstein.

La mujer que corrigió a Newton y allanó el camino para Einstein

Una infancia fuera de lo común

Mientras las niñas de su clase aprendían bordado, protocolo y obediencia, Émilie estudiaba latín, griego y matemáticas con una facilidad pasmosa. Aprendía con la misma avidez con la que otros jugaban. A los 12 años, ya leía a Descartes. A los 16, debatía filosofía.

Pronto se dio cuenta de que ser mujer significaba estar excluida del mundo del conocimiento. ¿La solución? Se disfrazaba de hombre para poder asistir a cafés y academias donde se discutían las grandes ideas del momento. Su presencia era una anomalía… hasta que hablaba. Porque su lucidez desarmaba cualquier prejuicio.

Voltaire, su aliado… y su igual

Cuando conoció al filósofo Voltaire, nació una relación que fue mucho más que amorosa: fue intelectual, desafiante y creativa. Él tenía las palabras. Ella, las fórmulas. Y juntos transformaron el castillo de Émilie en un centro de pensamiento libre y revolución científica.

Mientras Voltaire escribía sátiras y tratados, Émilie experimentaba, resolvía ecuaciones y se obsesionaba con los misterios del universo. Leía a Newton, lo cuestionaba, lo interpretaba… y, en más de una ocasión, lo corregía.

La mujer que corrigió a Newton

Isaac Newton sostenía que la energía de un cuerpo era proporcional a su velocidad (E = mv). Pero Émilie notó algo que a otros se les había escapado. Basándose en los experimentos de Willem 's Gravesande —quien dejaba caer bolas de plomo sobre arcilla para medir el impacto—, demostró que la energía no dependía solo de la velocidad, sino de la velocidad al cuadrado.

Así nació una fórmula que todo el mundo estudia hoy:

E = ½ mv²

Este hallazgo fue revolucionario. No solo corrigió al gigante Newton, sino que sentó las bases de la física moderna. Tanto así que, siglos después, Albert Einstein reconocería su trabajo como inspiración para sus teorías de la relatividad.

Su mayor legado: traducir (y mejorar) a Newton

Uno de sus proyectos más ambiciosos fue la traducción al francés de los Principia Mathematica, la obra fundamental de Newton. Pero no se limitó a traducir: añadió comentarios, aclaraciones, y en muchos casos, explicaciones más comprensibles que el texto original.

Esa traducción —que culminó en sus últimos días de vida— sigue siendo la versión de referencia en Francia hasta hoy. En ella, no solo dejó su voz, sino su visión: una ciencia con rigor, pero también con humanidad.

Una muerte prematura, un legado eterno

A los 42 años, Émilie quedó embarazada de su amante, el poeta Jean-François de Saint-Lambert. Sabía que su vida corría peligro: a esa edad, el parto podía ser fatal. Aun así, no se detuvo. Trabajó hasta el último día para finalizar su traducción, como si intuyera que el tiempo se le acababa.

Pocos días después de dar a luz, murió. Pero su obra, su pensamiento y su valentía sobrevivieron al olvido. Durante mucho tiempo, su nombre quedó oculto bajo la sombra de Voltaire. Hoy, cada vez más, brilla con luz propia.

Émilie du Châtelet fue más que una científica

Fue una rebelde con causa. Una mujer que desafió los límites, no por ego, sino por amor al conocimiento. En pleno siglo XVIII, se atrevió a pensar, a escribir, a equivocarse, a corregir… y a brillar.

Gracias a ella, muchas otras mujeres pudieron —y pueden— entrar en el mundo de la ciencia sin tener que disfrazarse ni pedir permiso. Fue la chispa que encendió una mecha que aún arde.