Mujeres en el Olvido es un espacio para recuperar las voces de mujeres silenciadas por la historia. Científicas, artistas, pensadoras e inventoras que marcaron el mundo y no recibieron el reconocimiento que merecían. Reivindicamos su legado con mirada feminista.
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jueves, 18 de junio de 2026

junio 18, 2026 Posted by Mathias Rodriguez No comments Posted in , , , , , , , ,

Hay noticias que parecen escritas para medir hasta dónde llega nuestra capacidad de indignarnos. No porque falten motivos, sino porque obligan a mirar una verdad incómoda: no todas las violencias contra las mujeres reciben la misma atención.

El caso de Parastoo Ahmadi, cantante iraní, es uno de esos episodios que deberían cruzar fronteras, ideologías y religiones. Según informaron medios internacionales y organizaciones de derechos humanos, Ahmadi fue condenada a 74 latigazos, a una prohibición de salir de Irán durante dos años y a dos años sin ejercer actividades artísticas. El motivo: haber cantado en un concierto difundido por YouTube sin usar el velo obligatorio.

La escena es difícil de aceptar desde cualquier país donde cantar karaoke, grabar un video o subir una canción a internet parece algo normal. Pero ahí está el punto: para millones de mujeres, lo que en una parte del mundo es rutina, en otra puede convertirse en delito.

Y lo más inquietante no es solo la condena. Es el silencio desigual que suele rodear este tipo de casos.


Parastoo Ahmadi: 74 latigazos por cantar

¿Quién es Parastoo Ahmadi?

Parastoo Ahmadi es una cantante iraní nacida en 1997, conocida por interpretar música tradicional y folclórica persa. Su nombre empezó a circular fuera de Irán después de un concierto virtual realizado en diciembre de 2024, conocido como el Caravanserai Concert, grabado en un antiguo caravasar y difundido en YouTube.

En esa actuación, Ahmadi apareció sin hiyab. También cantó acompañada por músicos varones. Para muchas personas, fue una presentación artística. Para las autoridades iraníes, fue una ofensa a la moral pública.

Poco después de la difusión del concierto, la cantante fue detenida. También fueron arrestados algunos integrantes de su equipo. Aunque luego fue liberada bajo fianza, el proceso judicial siguió abierto hasta desembocar en una sentencia que incluye castigo físico, prohibición de viajar y censura artística.


74 latigazos por cantar sin velo

La cifra es tan concreta como brutal: 74 latigazos.

No se trata de una multa simbólica ni de una simple advertencia administrativa. Hablamos de un castigo físico contra una mujer por expresarse artísticamente. Hablamos de usar el cuerpo femenino como campo de disciplina política, moral y religiosa.

La acusación contra Ahmadi y su equipo se relaciona con la producción y difusión de contenido considerado “obsceno” o contrario a la moral pública por las autoridades iraníes. Junto a la cantante, otros ocho artistas y miembros de producción también fueron condenados a castigos similares, incluyendo restricciones de viaje y prohibiciones profesionales.

Hay que decirlo con claridad: cantar no debería ser un acto de valentía. Pero en contextos autoritarios, a veces lo es.


El cuerpo de las mujeres como territorio de control

El caso de Parastoo Ahmadi no puede leerse como un hecho aislado. Forma parte de una larga historia de control sobre el cuerpo, la voz y la presencia pública de las mujeres.

En Irán, el uso obligatorio del velo ha sido uno de los símbolos más visibles de esa vigilancia. Pero el problema no se reduce a una prenda. El problema aparece cuando el Estado decide qué puede vestir una mujer, dónde puede estar, cómo debe mostrarse y si tiene derecho a cantar ante otras personas.

Ahí el velo deja de ser una cuestión personal o religiosa y se convierte en una herramienta de obediencia forzada.

La muerte de Mahsa Amini en 2022, detenida por la llamada policía de la moral por supuestamente incumplir las normas de vestimenta, desató protestas bajo el lema “Mujer, vida, libertad”. Desde entonces, muchas mujeres iraníes han desafiado públicamente la imposición del hiyab, aunque el costo de hacerlo puede ser altísimo.

Parastoo Ahmadi no solo cantó. Cantó desde un lugar cargado de simbolismo, sin pedir permiso para existir como artista y como mujer.


¿Por qué este caso debería importarle al feminismo?

Porque el feminismo, si quiere ser algo más que una etiqueta cómoda, no puede elegir sus causas según la moda, la cercanía cultural o la conveniencia política.

Defender los derechos de las mujeres implica incomodarse también cuando la víctima está lejos, cuando el país es complejo, cuando el tema toca religión, geopolítica o tensiones internacionales. Justamente ahí se prueba la coherencia.

Una mujer condenada a latigazos por cantar debería generar una reacción enorme. No porque sea el único caso grave del mundo, sino porque resume muchas formas de opresión en una sola imagen: una voz femenina castigada para que otras aprendan a callarse.

El feminismo no debería necesitar que una víctima sea famosa en Occidente para defenderla. Tampoco debería necesitar que la historia encaje en una narrativa simple de redes sociales. Hay luchas que no entran fácil en un hashtag, pero son urgentes igual.


La libertad de cantar también es libertad política

A veces se habla de la libertad artística como si fuera un lujo. Como si primero vinieran los derechos “importantes” y después, si sobra tiempo, la música, el arte, la literatura o el cine.

Ese razonamiento es peligroso. La libertad artística no es un adorno. Es una de las formas más visibles de la libertad humana.

Cuando un régimen castiga una canción, no castiga solo una melodía. Castiga la posibilidad de decir algo sin autorización. Castiga la emoción compartida. Castiga el símbolo. Castiga la idea de que una mujer pueda ocupar un espacio público sin pedir perdón.

Por eso los gobiernos autoritarios suelen temerle tanto al arte. Una canción puede viajar más rápido que un discurso. Una voz puede quedarse en la memoria de miles de personas. Una imagen puede convertir el miedo en rabia.

Parastoo Ahmadi entendió eso. Y el castigo contra ella demuestra que las autoridades también lo entendieron.


El silencio selectivo también comunica

Uno de los debates más incómodos que abre este caso es el silencio de muchas figuras públicas, instituciones y celebridades que suelen pronunciarse rápidamente ante otras causas.

No se trata de exigir que cada persona hable de todo, todo el tiempo. Eso sería imposible. Pero sí es legítimo preguntarse por qué algunas injusticias se vuelven tendencia mundial en cuestión de horas y otras apenas circulan fuera de ciertos medios.

Cuando una mujer es castigada físicamente por cantar, la reacción debería ser transversal. No debería importar si quien denuncia es de derecha, de izquierda, religiosa, atea, liberal, conservadora o progresista. Hay una línea básica: ninguna mujer debe ser golpeada por usar su voz.

Si esa frase no une a casi todo el mundo, entonces el problema es más profundo de lo que parece.


No es islamofobia: es defensa de derechos humanos

También hay que ser cuidadosos. Criticar una sentencia injusta en Irán no significa atacar a todos los musulmanes ni convertir una religión entera en enemiga. Ese sería un error grave y simplista.

El foco debe estar donde corresponde: en un sistema legal y político que castiga a mujeres y artistas por conductas que deberían estar protegidas por derechos básicos.

Muchas mujeres musulmanas defienden sus derechos desde dentro de su cultura, su fe y su historia. Muchas han sido protagonistas de luchas valientes contra la imposición, la censura y la violencia estatal. Reducir todo a “Occidente contra Oriente” solo borra sus voces.

La defensa de Parastoo Ahmadi no necesita racismo ni superioridad moral. Necesita algo más simple: reconocer que ningún Estado debería tener poder para azotar a una mujer por cantar.

La pregunta que queda abierta

El caso de Parastoo Ahmadi nos deja una pregunta difícil: ¿qué tan universal es nuestra defensa de la libertad de las mujeres?

Es fácil indignarse cuando la causa viene empaquetada de una forma cómoda. Es más difícil hacerlo cuando obliga a señalar abusos en contextos políticamente sensibles. Pero los derechos humanos no pueden depender del algoritmo, de la simpatía ideológica ni del miedo a quedar mal con un sector.

Una mujer cantó. La condenaron a latigazos.

No hace falta adornar mucho más la frase. Ya contiene todo el horror.

Y también contiene una advertencia: cuando se castiga la voz de una mujer, no se busca silenciar solo a una artista. Se busca enviar un mensaje a todas las demás.

Por eso este caso importa. Por eso debería repetirse su nombre. Por eso Parastoo Ahmadi no debería quedar reducida a una noticia pasajera entre guerras, campañas, escándalos y tendencias.

Porque cantar no es un crimen.

Porque ninguna mujer debería pagar con su cuerpo el precio de una canción.

Porque un feminismo que no defiende a las mujeres cuando el castigo es literal, físico y público, corre el riesgo de convertirse en una pose antes que en una causa.

miércoles, 1 de octubre de 2025

octubre 01, 2025 Posted by Mathias Rodriguez No comments Posted in , , , , , , , , ,

El 25 de septiembre de 2025, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba anunció el fallecimiento de JoAnne Deborah Byron, más conocida como Assata Shakur, a los 78 años, por “problemas de salud y su avanzada edad”.

Su hija, Kakuya Shakur, comunicó la noticia en redes sociales, precisando que su madre murió en torno a la 1:15 p.m. (hora de Cuba). La información fue confirmada por fuentes oficiales cubanas y medios internacionales.

Su muerte cierra un capítulo cargado de tensiones políticas, juicios polémicos y persecuciones, pero abre otro: el de su legado. Para el FBI, seguirá siendo una terrorista. Para los movimientos sociales, una heroína de la resistencia.

Assata Shakur: la mujer que desafió al FBI y murió en el exilio

1. De Pantera Negra a enemiga del Estado

Ha muerto Assata Shakur, ex militante de las Panteras Negras, figura clave del movimiento por los derechos civiles y símbolo de la lucha afroamericana contra el racismo estructural.

Estados Unidos la condenó en 1977 a cadena perpetua por el asesinato del policía Werner Foerster en Nueva Jersey. Sin embargo, desde el primer día, defendió su inocencia.

Durante el juicio, forenses y médicos declararon que las heridas de bala que sufrió Shakur en el enfrentamiento habían dañado gravemente el nervio de su brazo derecho, dejándola incapacitada para disparar. Los peritajes indicaban que había sido alcanzada con los brazos en alto. Aun así, fue declarada culpable.

2. Un juicio marcado por el racismo

Su proceso judicial se convirtió en un símbolo de las desigualdades raciales en el sistema estadounidense.

El jurado estuvo integrado exclusivamente por personas blancas, las pruebas fueron contradictorias y el ambiente político, profundamente hostil hacia los movimientos negros radicales.

Varios analistas y activistas coinciden en que Assata fue condenada más por su militancia que por pruebas reales. Su nombre ya estaba asociado al Black Liberation Army, un grupo que el FBI consideraba una extensión armada de las Panteras Negras.

La sentencia: cadena perpetua más 26 a 33 años adicionales.

La mujer que había exigido el fin de la violencia policial contra la comunidad afroamericana se convertía en prisionera del Estado que la había perseguido.

3. Fuga y renacimiento en el exilio

El 2 de noviembre de 1979, ocurrió lo impensable.

Con ayuda del Black Liberation Army, Assata Shakur escapó de la prisión de Clinton, en Nueva Jersey. Fue un operativo cuidadosamente planificado, en el que participaron tres militantes armados.

Desde entonces, el FBI la colocó en su lista de fugitivos más buscados, llamándola “peligrosa” y “terrorista doméstica”.

Cinco años más tarde, en 1984, Assata llegó a Cuba, donde el gobierno de Fidel Castro le concedió asilo político. Allí adoptó un perfil bajo, aprendió español, escribió su autobiografía “Assata: An Autobiography”, y comenzó una vida de silencio y resistencia.

Durante 40 años vivió en el exilio. Recibía visitas de artistas, académicos y militantes, pero rara vez hablaba públicamente. Su figura, sin embargo, seguía inspirando canciones, poemas y pancartas.

4. Perseguida hasta el final

Estados Unidos nunca la perdonó.

En 2005 fue incluida oficialmente en la lista de los terroristas más buscados del FBI, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar ese lugar.

La recompensa por su captura ascendió a 2 millones de dólares, y su nombre fue mencionado incluso en reuniones diplomáticas entre Washington y La Habana.

Ni siquiera durante el deshielo entre Obama y Raúl Castro se llegó a discutir su extradición. Para Cuba, era una refugiada política. Para EE. UU., un símbolo incómodo del fracaso de su justicia racial.

Su sola presencia en la isla fue un recordatorio permanente de las heridas históricas entre ambos países: el racismo, la represión policial y la persecución ideológica.

5. “Si eso es un delito, soy culpable”

En su autobiografía y en entrevistas, Assata Shakur dejó claro por qué luchaba:

“Defiendo el fin de la explotación capitalista, la abolición de las políticas racistas, la erradicación del sexismo y la eliminación de la represión política. Si eso es un delito, soy culpable”.

Estas palabras resumen una vida marcada por la resistencia, pero también por la fe en la transformación social.

En Cuba, fue vista como una intelectual crítica, una mujer que se reinventó sin renunciar a sus ideales.

6. Justicia oficial vs. justicia de los pueblos

El caso de Assata Shakur es un espejo de la tensión entre el poder judicial y la justicia social.

Las fuentes oficiales —tribunales, medios dominantes, agencias federales— suelen imponer narrativas que silencian voces disidentes.

Pero las memorias colectivas de los pueblos oprimidos ofrecen otra lectura: para ellos, Assata no fue una criminal, sino una superviviente del racismo institucional.

Su muerte reavivó ese debate. Miles de usuarios en redes sociales compartieron fragmentos de su historia, recordándola como “la mujer que el FBI no pudo callar”.

7. La historia sigue abierta

El duelo público también es político. La forma en que se narran las vidas de figuras como Shakur define cómo entendemos la justicia, la rebeldía y el poder.

A pesar de su muerte, su legado continúa siendo un desafío al relato oficial.

Porque, como ella misma escribió, la lucha no termina con el cuerpo: se prolonga en las ideas.

8. La pregunta final

Murió en Cuba el 25 de septiembre de 2025.

Para el FBI, seguirá siendo “terrorista”.

Para miles de militantes, será siempre la prueba viviente de que la justicia oficial no es lo mismo que la justicia de los pueblos.

Y la pregunta que deja en el aire es la misma que atraviesa toda su biografía:

¿Quién escribe la historia: los pueblos que resisten o los verdugos que la dictan?

sábado, 5 de julio de 2025

julio 05, 2025 Posted by Mathias Rodriguez No comments Posted in , , , , , , , ,

¿Qué pasa cuando una mujer decide romper todas las reglas en un mundo que espera que se quede callada? La historia de Nellie Bly y su paso de las noticias a una aventura increíble es la respuesta perfecta a esa pregunta.

Nellie Bly: La periodista que dio la vuelta al mundo (y a la historia)

Una mujer con una libreta... y una misión

El 14 de noviembre de 1889, una joven periodista de apenas 25 años, llamada Nellie Bly, abordó un barco en Nueva York con un objetivo tan ambicioso como inverosímil: dar la vuelta al mundo en menos de 80 días, al estilo del personaje ficticio Phileas Fogg, de Julio Verne. Pero esto no era ficción.

Nellie no llevaba acompañantes, ni maletas elegantes, ni privilegios. Viajaba sola, con un pequeño bolso de mano, un único vestido y una mente afilada para observar, preguntar y contar. Su único lujo era su libreta de apuntes, esa que llenaría con cada paso de una travesía que haría historia.

Lo logró en 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos.

Pero su hazaña no fue solo un récord de velocidad. Fue una declaración de independencia, una revolución desde el periodismo, y un desafío directo a lo que el siglo XIX creía que una mujer podía (o debía) hacer.

¿Quién era Nellie Bly antes de dar la vuelta al mundo?

Nellie Bly no nació con ese nombre. Su verdadero nombre era Elizabeth Jane Cochran, y llegó al mundo el 5 de mayo de 1864, en Pensilvania, Estados Unidos. Su infancia no fue fácil: perdió a su padre a los seis años y creció en un hogar con muchas dificultades económicas. Desde joven, supo que el mundo no sería generoso con ella, así que decidió enfrentarlo con inteligencia y tenacidad.

Adoptó el seudónimo Nellie Bly al comenzar a escribir para el periódico Pittsburgh Dispatch, tras enviar una carta de queja a un columnista que afirmaba que las mujeres debían quedarse en casa. La redacción quedó tan impresionada por su respuesta que le ofrecieron un puesto.

En una época en la que las mujeres solo escribían sobre moda o cocina, Nellie se metió en fábricas, habló con trabajadoras, expuso abusos laborales y denunció desigualdades. Su enfoque audaz e inmersivo la convirtió rápidamente en una reportera reconocida.

Y eso era solo el comienzo.

El reportaje que cambió su vida (y la psiquiatría)

Antes de embarcarse en su famoso viaje alrededor del mundo, Nellie Bly ya había causado sensación con un artículo que sería clave en su carrera: se infiltró como paciente en un hospital psiquiátrico femenino de Nueva York para investigar denuncias de maltrato.

Durante 10 días fingió estar enferma mentalmente para ingresar al Asilo de Mujeres de Blackwell’s Island. Lo que descubrió fue escalofriante: condiciones inhumanas, abuso físico, alimentación podrida y negligencia médica.

Su artículo, publicado bajo el título “Diez días en un manicomio”, sacudió al país entero. No solo generó reformas en el sistema de salud mental, sino que consolidó a Nellie como pionera del periodismo de investigación encubierto.

Un viaje contra el reloj y el prejuicio

Cuando propuso a su periódico, New York World, la idea de recorrer el mundo siguiendo el ejemplo de Julio Verne, la respuesta inicial fue: “una mujer no puede hacer eso sola”.

Ella respondió que si no la dejaban a ella, otro medio lo haría. Y tenía razón. El periódico aceptó, y así comenzó una carrera global, que el mundo siguió día a día con ansiedad.

Su ruta incluyó Inglaterra, Francia (donde conoció al propio Julio Verne), Egipto, Sri Lanka, Singapur, Hong Kong y San Francisco. En cada destino, observaba, preguntaba, anotaba y enviaba reportes. Su historia cruzaba fronteras… y derribaba prejuicios.

El recibimiento en Nueva York fue triunfal. Pero lo más importante es que millones de mujeres en todo el mundo vieron en ella una posibilidad que hasta entonces parecía impensable.

Una voz que no se apagó

Nellie no se conformó con una gran historia. Durante su vida, cubrió conflictos internacionales, entrevistó a figuras como Susan B. Anthony y siguió escribiendo sobre injusticias sociales. Incluso, llegó a dirigir una fábrica y escribir sobre los derechos laborales desde dentro del mundo empresarial.

Murió en 1922, pero su legado sigue vivo. En cada periodista que se atreve a salir de la redacción, en cada mujer que no espera permiso para actuar, en cada historia que se cuenta con valentía, hay un poco de Nellie Bly.

¿Por qué sigue siendo tan importante?

Porque Nellie Bly no solo narró historias: las vivió. Y al hacerlo, transformó el periodismo, visibilizó injusticias, y rompió el molde de lo que se esperaba de una mujer en su tiempo.

Su ejemplo inspira no solo a periodistas, sino a cualquier persona que quiera cambiar el mundo con una libreta, una idea y un poco de coraje.